Traducción, redacción y corrección

Las primeras intervenciones: traducción, revisión técnica, redacción y corrección de estilo

Es evidente que nadie va a componer un texto antes de traducirlo o de redactarlo. Sin embargo, hay quien piensa que se puede maquetar primero y luego ya se hará la revisión técnica y la corrección. “Así adelantamos”. Pues no, es más, perderán el tiempo y se publicará con más errores. El texto debe llegar a producción lo más limpio posible. Veamos un ejemplo:

Llega la traducción de un texto y se da a maquetar. Un texto traducido exige muchas veces más corrección de estilo que uno en la lengua materna. Aunque solo se pida hacer “las mínimas correcciones”, será casi inevitable meterse en estilo y las modificaciones afectarán a la extensión, por lo que introducirlas en el texto maquetado será tedioso y habrá que volver a ajustar.

Sí, estaremos en segundas antes, pero en unas segundas muy sucias, a las que hay que dedicar mucho más tiempo y en un formato más cerrado que un documento de texto.

Si, por añadidura, en la revisión técnica se ha encontrado un error que afecta a varios párrafos o incluso hay que eliminar una parte, la cosa empeora. Unificar los dos juegos será laborioso y se habrá hecho parte del trabajo en balde.

No todos los textos pasan por traducción, revisión técnica, redacción y corrección de estilo. De hecho, es inusual que suceda (aunque seguro que hay algún tipo de edición que lo requiere). En cualquier caso, ninguna de estas tareas debería simultanearse con alguna de las otras tres y deben sucederse en el orden expuesto.

A la hora de seleccionar el talento

  • Traducción. Traduce un texto quien conoce bien dos idiomas. Pero es muy importante que la traducción sea al idioma nativo de quien traduce. Aunque tenga el nivel más alto del otro idioma, el texto resultante suele quedar artificial y puede llegar a contener pequeños errores o matices de sentido imposibles de percibir para alguien que no sea nativo. Siempre que se pueda, hay que evitar la traducción inversa.
  • Revisión técnica. Se puede encargar a multitud de profesionales que nada tienen que ver con el ámbito editorial, pero que cuentan con un conocimiento profundo del tema sobre el que se ha escrito. Este hecho es muy frecuente, a menudo desconocen los procesos por los que pasa el original, la forma de hacer las indicaciones y las tarifas.
  • Redacción. Se puede encargar a alguien titulado en Periodismo, en Filología o en otras ramas de humanidades. Sin embargo, la titulación no es lo que nos llevará a seleccionarlo. La trayectoria y las muestras de su trabajo es lo más importante. Si no tiene experiencia, se le puede invitar a que haga una prueba.
  • Corrección de estilo. La corrección y la redacción son tareas muy distintas: alguien que redacta no tiene por qué saber corregir ni alguien que corrige tiene por qué saber redactar. La titulación es similar a la de las redactoras, pero en este caso no nos ayudará una muestra de su trabajo. Lo decisivo es una prueba de corrección.
  • Indicaciones antes del encargo

    Antes de encargar este tipo de trabajos, hay que ponerse en el lugar de quien lo va a realizar. Si no se ha colaborado antes con esta persona, no conocerá la forma de trabajo de la editorial. A falta de indicaciones actuará, como cualquier software, con las opciones configuradas por defecto, es decir, bajo su respetable y sabio criterio. Como hay tanta disparidad de criterios, que coincidan con los nuestros es casi una casualidad.

    Por cierto, de momento no hay software que reemplace por completo cualquiera de estas tareas, por mucha semántica que incluya en sus tripas. Puede que haya programas que agilicen los tiempos, pero es conveniente que los manejen estos profesionales. Sustituir por completo a una traductora o a un corrector por un software avanzado puede generar errores mayores que si nos saltamos directamente este paso: es preferible no corregir un texto que hacerlo solo con un software automático.

    Conviene poner en común la forma de trabajo y los aspectos más relevantes:

  • Si la editorial tiene manual de estilo, debemos enviarlo a traductores, redactoras y correctoras (al revisor técnico no es necesario). Pero aún podemos ir un poco más allá. Hay criterios de estilo solo válidos para la publicación que tenemos entre manos y, como con las normas de presentación de originales, los profesionales que intervengan deben conocerlas. De esta manera todo quedará más unificado.
  • Cuando nos llega el trabajo, muchas veces nos quejamos. “Cómo me pone esta nota de esta forma que no se ve nada de nada” o “¿por qué no ha activado el control de cambios?”. Reflexionemos sobre la metodología, ¿hemos dicho cómo queremos el trabajo? Pongámonos de acuerdo en formatos, control de cambios, uso de comentarios, tipos de marcas en pdf y en papel, hoja de notas dirigidas a la editora…
  • Cómo evaluar la calidad del encargo

    Una mala traducción dará mucho trabajo a redactoras y correctores. Puede afectar incluso a la revisión técnica. Es muy probable que estos profesionales lo comenten. Debemos tener en cuenta su criterio como un parámetro para evaluar la traducción.

    Ahora bien, hay originales tan mal construidos que cada profesional hace lo que puede y los errores se van limando. Por ejemplo, una traductora se encuentra con que tiene que redactar tantos párrafos para que se entienda lo que dice el autor que descuida un poco los modismos. Al corrector que venga después le tocará pulirlos y su intervención será más compleja que si la traductora hubiese podido hacer su trabajo en condiciones.

    Así pues, lo primero que hay que tratar de evaluar es la calidad del original y, en función de este, el resto de intervenciones. Un mal original siempre dará más trabajo y saldrá publicado con mayor cantidad de errores, aunque hayan participado en la edición las mejores profesionales.

    Cuando hayamos hecho esta primera evaluación, estaremos en disposición de sopesar la calidad de lo que nos van entregando. Una de las formas clásicas es el calado. Se seleccionan varias páginas a lo largo de una publicación. Entre el 5% y el 7% suele ser suficiente. Si se revisa a fondo este porcentaje, se pueden extraer muchas conclusiones.

    Si se observa una práctica poco recomendable, hay que detectar si se trata de un error puntual o si se repite sistemáticamente. Si estamos en el último caso, conviene advertirlo para que no vuelva a suceder en otras ocasiones.

    Lo más difícil sería evaluar una traducción a un idioma que no es el nuestro y el trabajo de revisión técnica. No solemos tener herramientas fiables y muchas veces debemos confiar en la trayectoria y la seriedad en la entrega. Hay una diferencia, de la traducción se podría hacer un calado y dar a otro profesional para que lo evalúe. Sobre la revisión técnica no tendremos ese control, sin embargo leeremos todas las notas que incluya, es decir, supervisamos todo el trabajo, por lo que también se pueden extraer numerosas conclusiones.